.
Premio 2002
Junta General del Principado de Asturias (JGPA) - Sociedad Internacional de Bioética (SIBI)
Conrad
V. Fernández (Canadá)
«Conformidad
y disconformidad para la investigación en niños con
enfermedad crónica.»
Índice de Contenidos:
1. Introducción
2. Investigación en menores
3. Consentimiento para participar en investigación médica
4. Conformidad/Disconformidad por parte de menores
5. Impacto del desarrollo evolutivo sobre el concepto de enfermedad
6. Enfermedad crónica: Impacto e Influencia sobre la Conformidad
y la Disconformidad
7. Ensayos de Fase I / II y Conformidad
8. Conclusiones
1.- Introducción
La
cronicidad en pacientes pediátricos es bastante común. La enfermedad
crónica se mueve en un abanico que va desde
molestias leves a ser algo que amenaza la vida del niño por lo que el espectro
de gravedad y tipo de enfermedad es
muy amplio: asma, cáncer, insuficiencia renal o enfermedad
psiquiátrica. La enfermedad crónica cambia al individuo, afecta a
su desarrollo cognitivo y psico-social y tiene un profundo efecto
sobre la relación médico-paciente. También tiene un fuerte impacto
sobre el entorno familiar del sujeto y las redes de apoyo. Valorar de forma adecuada y
reconocer el impacto de la enfermedad crónica cuando quien
la sufre es un menor resulta ser un proceso complejo aunque esencial
para determinar la capacidad del niño para
consentir y expresar disconformidad a la participación en
investigación médica.
Los menores que viven con una enfermedad crónica que con frecuencia
representa una amenaza para sus vidas, tienen ventajas y desventajas
a la hora de comprender lo que significa participar en una investigación.
Puede resultarles ventajoso aprender de forma sofisticada lo relativo
a temas médicos y de investigación, pero tales ventajas se ven contrarrestadas
por muchas desventajas, claras y sutiles, como la dependencia del contacto regular
con hospitales y personal médico-sanitario;
estos últimos pueden además
ejercer el doble papel de cuidadores e investigadores. Estas ventajas
y desventajas deben evaluarse exhaustivamente en el contexto de la
participación en investigación entendiendo que la enfermedad crónica
tiene un importante impacto, con frecuencia negativo, sobre el desarrollo
cognitivo y psicológico del sujeto, ambos esenciales a la hora de
obtener el consentimiento o la negativa del paciente para tomar parte
en una investigación. El presente trabajo tratará de explorar la influencia
de la enfermedad crónica sobre el desarrollo cognitivo, psicológico
y psico-social del niño y por tanto sobre su capacidad para otorgar
o no consentimiento respecto de su participación en una investigación
médica.
El trabajo se divide en varios apartados.
Los tres primeros versarán
en profundidad sobre la necesidad
de investigar en niños y menores y
sobre los impedimentos o limitaciones de la investigación;
los principios relacionados con el tema del consentimiento informado
y, finalmente, trataremos la
conformidad y la
disconformidad del niño como potencial sujeto de investigación.
En otro apartado se describe la influencia del desarrollo evolutivo sobre el concepto de enfermedad. Los apartados finales
y más importantes tratarán sobre definición
e impacto de la enfermedad
crónica pediátrica, su efecto
sobre el menor y su entorno familiar. En
los últimos apartados se explora igualmente de qué forma se interrelacionan
la investigación en niños y la enfermedad crónica, incluyendo la consideración
de aspectos asociados a los ensayos de fase I /II en niños en fase terminal. La discusión se centrará en demostrar
específicamente que los niños con enfermedad crónica son una población
singular; demostrará también que estos niños requieren una atención
especial a su contexto cuando se solicita consentimiento o conformidad tanto del niño como de su familia para participar
como sujetos de investigación.
2.- La Investigación en Niños y
Menores
Muchos profesionales de la Salud y de la
Ética reconocen la importancia y la necesidad moral de conducir
trabajos de investigación
en niños 23-31 pero dicho
reconocimiento no puede obviar los daños que se pueden ocasionar a la población infantil
si la investigación no se
realiza atendiendo a las características específicas de niños y menores. Esos daños pueden generarse
por falta de información en el seno de una población pediátrica normal,
que se desarrolla y crece sin mayores problemas, o pueden presentarse
por falta de rigor crítico a la hora de aplicar terapias o fármacos
específicos para el tratamiento de las enfermedades infantiles 24.
Las diferencias en metabolismo, en
la farmacocinética, en la historia natural de los trastornos, en la
respuesta del niño en comparación con el sujeto adulto son
las razones que justifican la necesidad de considerar a los niños
como población específica y diferenciada a la hora de plantear una
investigación médica en la que estos sean sujetos de estudio.
A resultas de la ausencia de investigación
en el campo, médicos y personal sanitario se ven con frecuencia abocados
a tratar la enfermedad del paciente
pediátrico sin apoyo de pruebas terapéuticas fiables, salvo
el recurso de experiencias anecdóticas, o en base a resultados obtenidos
por estudios en adultos, potencialmente no aplicables a la población
pediátrica y que con frecuencia conducen a errores insalvables 32..
El documento elaborado por el Health Canada 1997 (Borrador)
Therapeutic Products Directorate Guidelines
for Inclusion of Pediatric Subjects in Clinical Trials reconoce
la necesidad de incluir progresivamente
a la población pediátrica en estudios de investigación dado que factores
asociados a la edad, crecimiento y desarrollo pueden afectar tanto
a la dosificación, la farmacocinética del producto y sus interacciones
como a los efectos beneficiosos o perjudiciales 40.
En el campo de la medicina siempre ha habido
un rechazo histórico a evaluar las respuestas de los niños a nuevas terapias. Tal rechazo encontraba fundamento,
en parte, en la letra restrictiva del Código de Nüremberg, que permite
la investigación/experimentación sólo en sujetos competentes para
otorgar consentimiento, y en la posterior Declaración de Helsinki,
que sólo permite la 'investigación terapéutica' en aquellos con competencia
limitada 32,36. Además, la investigación/experimentación médica siempre
ha sido vista de modo negativo por parte de la población general.
Esta creencia se desarrolló sobre el concepto de que los investigadores
médicos tomaban a sus pacientes
por cobayas, exponiéndoles a un sin fin de riesgos físicos o psicológicos,
como pueden ser la intrusión en la esfera privada,
la manipulación y la pérdida de control personal de los pacientes
37. Muchos padres sienten que estos aspectos negativos son inevitables
en el marco de la necesidad de intervenir en la gravedad de la enfermedad
de sus hijos 37. Indudablemente, algunos investigadores han abusado
y continúan abusando de su papel y confianza en ellos depositada,
aunque ya se dan menos casos gracias a la intervención y diligencia
de los Comités de Ética para la Investigación, los Comités Institucionales
para la Revisión de Protocolos, los comités de control de datos y
los requisitos éticos exigibles y exigidos por las agencias de financiación
y los editores de las revistas médicas
especializadas 38.
Otro aspecto importante para comprender la
posición de la investigación dentro de nuestra sociedad es reconocer
que ha habido un cambio gradual en la opinión pública respecto de
la práctica médica paternalista y que hemos pasado a una situación
en la que la participación ciudadana en el campo de la investigación
se entiende ya no sólo necesaria sino como un derecho 39. Esta asunción
de responsabilidad es específicamente social y un reflejo del contexto
más amplio de cómo un individuo se acerca a la atención sanitaria.
Los norteamericanos, por lo general, esperan y exigen mayor autonomía
en tanto que otras comunidades todavía siguen y prefieren un modelo
asistencial paternalista.
La investigación médica, como se argumenta
en el presente trabajo, busca objetivos terapéuticos y no terapéuticos,
los cuales conllevan la adquisición de nuevos conocimientos que puedan
generalizarse en aras del bien común (o en beneficio de un segmento concreto de la población) 34. Para que sea
éticamente correcta, la investigación debe partir de una hipótesis
clara y debe conducirse de forma que resulte en respuestas cuantitativas,
claras y medibles que permitan avanzar hacia su total demostración.
La investigación pediátrica con frecuencia busca objetivos terapéuticos
y no terapéuticos a la vez. Esto se ve, por ejemplo, en los estudios
sobre leucemia del Children Oncology Group en los que la biología
de la leucemia y su posterior respuesta al protocolo de tratamiento
son revisados como objetivos simultáneos de la investigación
35. Los objetivos concurrentes de estas dos áreas de investigación
deben responder desde el punto de vista de la ética- como argumentan
Rowell y Zlotkin y otros, a la evaluación de los riesgos y beneficios
de la investigación y no sobre la idea utilitaria del intento terapéutico 28,32.
En investigación
pediátrica se dan problemas que presentan cierto paralelismo con los
que surgen con los ensayos clínicos sobre el VIH y que ilustran con claridad algunas de las dificultades que
enfrentan las poblaciones minoritarias 29. Los pacientes con VIH se
ven con frecuencia comprometidos en el contexto de la investigación
médica por los siguientes factores: a)
Carga excesiva; ha habido un boom en el desarrollo de fármacos
anti-VIH y fármacos de soporte y se requieren muchas evaluaciones
en una población bastante limitada; b) No-inclusión:
el acceso para los niños, las mujeres, los pobres, las minorías
étnicas y para los usuarios de drogas por vía intravenosa ha sido inadecuado
41,42 reflejándose obstaculización
en el acceso para aquellos que tienen poca representatividad
social, y c) Poca Ciencia: se pierden muchos pacientes al utilizarlos
como sujetos placebo en las investigaciones sobre esta infección letal
43. Lo mismo ocurre con los niños que padecen enfermedades crónicas
y a quienes con frecuencia se les incluye en
múltiples estudios de investigación médica o incluso se les
margina - en términos científicos- si su enfermedad es demasiado rara
o si el tratamiento potencial no es comercialmente viable.
Cada vez con mayor frecuencia se discute
que obstaculizar la evaluación justa y comprehensiva de las terapias
es algo inaceptable y que la evaluación debe abordarse desde el propio diseño del ensayo clínico al proceso de reclutamiento de pacientes. A este fin algunos investigadores intentan
fomentar ensayos de fase I/II paralelos entre adultos y niños, señalando
la importancia de realizar informes intermedios sobre los estudios
en adultos para proceder luego a las modificaciones oportunas de los
ensayos pediátricos 39,41. Con ello se reduce el tiempo para obtener
información útil y validarla en tanto que se protege a los niños frente
a la exposición a terapias no eficaces y
frente a daños innecesarios.
En resumen, la investigación en niños debe
considerarse desde dos amplias perspectivas: 1. Como un derecho
de los niños, para asegurar una terapia apropiada y basada en la medida
de lo posible en datos científicos: 2. Como una obligación y responsabilidad de los agentes sanitarios
a la hora de ofrecer una atención
médica crítica, revisable y fundamentada (siempre que sea posible)
en la evidencia clínica. Históricamente los niños han sido relativamente
excluidos como sujetos de investigación debido en parte a la necesidad
percibida de protegerles contra posible abusos y por otra parte porque
no ha habido interés en cederle representatividad pública a este grupo
de población. La vindicación de que las poblaciones pediátricas sean incluidas
en investigación resulta esencial
para cumplir nuestra obligación moral de cuidar y atender a las necesidades
integrales del niño.
3.- Consentimiento para participar
en una investigación médica La participación en investigación médica requiere el consentimiento
informado previo del sujeto
o su tutor. El consentimiento ha de estar basado en la información
adecuada, comprensible, la capacidad para asimilar en su totalidad
la información que el sujeto recibe y sus consecuencias, la libertad
para participar (y por tanto, también la libertad para rechazar la
participación o para retirarse de la investigación en un momento dado)
25,44,45. En la práctica, la forma de llevar a cabo el proceso para
obtener el consentimiento informado del sujeto varía en función de
las necesidades y motivaciones del propio sujeto y también del estilo
y de la habilidad del investigador. Por tanto, se hace muy bien en
algunas circunstancias y muy mal en otras. El objeto de la siguiente
discusión es revisar las formas de presentar las preguntas para obtener
el consentimiento o conformidad y explorar los factores que inciden
sobre este proceso. A la hora de valorar la capacidad de un niño para otorgar su consentimiento
deberían, como mínimo, tenerse en cuenta las normas legales locales
49. Parte integral de la valoración de dicha capacidad serían las
siguientes consideraciones: a) desarrollo cognitivo o capacidad
de razonamiento; b) comprensión de la propuesta, en base a
la experiencia acumulada del
niño a través de la educación, valores familiares o contactos anteriores
con el aparato médico o la investigación ( esto último más frecuente
en niños con enfermedad crónica); c) voluntariedad, que puede
verse afectada por influencia indebida o sutil por parte de los padres
o de su médico y personal sanitario - de forma intencionada o no-
en especial si la relación con estos últimos es prolongada;
y d) la naturaleza de la decisión, incluyendo la gravedad de
la decisión, la inmediatez de la necesidad de decidir y si las consecuencias de la decisión
son reversibles o no 45,50. Aunque los dos últimos items forman parte
del proceso convencional para la obtención del consentimiento informado, influyen mucho
sobre la capacidad del niño para tomar una decisión informada.
Las repercusiones de la decisión a participar
en una investigación médica, en especial cuando se trata de una investigación
con fines terapéuticos, van de ser mínimas a poner en peligro la vida de un sujeto. La magnitud de
tener que vivir con las consecuencias de esta decisión para los niños
con enfermedad crónica pueden ser distintas de las que pueden sufrir
aquellos que padecen una enfermedad aguda. Esta mayor carga se basa
en la posibilidad de que los resultados de la terapia experimental
pudieran tener un efecto negativo sobre la ya negativa cronicidad
de su enfermedad, con lo cual se añade la posibilidad de comprometer la funcionabilidad
que el niño todavía disfruta. Un ejemplo de ello son las dificultades
de aprendizaje y alteraciones de la memoria desarrolladas por los niños con leucemia linfoblástica aguda
que recibieron innecesariamente radiación craneal para intentar
reducir el riesgo de una recidiva 51.
Hay un número de características intrínsecas al desarrollo evolutivo que influyen en la capacidad
del niño a la hora de otorgar
su consentimiento para participar
en una investigación médica: valores cambiantes, experiencia en expansión,
su percepción del tiempo (viven el presente), el aspecto físico,
y la consciencia de identidad
personal en desarrollo 52-54. El grado de capacidad puede verse igualmente influenciado en cualquier momento en función
de cuando, dónde y cómo se le hace una pregunta al niño, la capacidad
cognitiva del niño en ese momento ( que se sabe fluctúa con el estrés
y la enfermedad) y el nivel de competencia exigido/exigible 55,56.
Los valores vitales del niño pueden cambiar con el tiempo de forma
más drástica que en los adultos. Se sabe, por ejemplo, que la presión
de los pares en el adolescente tiende a influir
sobre los valores relativos a la apariencia física y a los
gustos sociales en mayor medida que los valores familiares innatos
57. La cara cambiante de estos atributos se desdibuja aún más con
la enfermedad crónica y afecta la valoración exacta del proceso de
toma de decisiones en el menor.
Los grupos particularmente vulnerables
a procesos inadecuados para la obtención de consentimiento incluyen
a los niños considerados inmaduros o menores emancipados debido a
sus circunstancias vitales (i.e.
matrimonio) o a la naturaleza de su condición médica (i.e embarazo,
enfermedad venérea) 47. El Investigador y el
Comité Institucional para la Revisión de Protocolos tienen
la obligación de proteger
el bienestar de estos menores potencialmente incapaces para tomar decisiones 47,48. Asimismo y a consecuencia de su apariencia física inmadura
(i.e. poca estatura, retraso del crecimiento o deficiencias hormonales)
se les puede presuponer más jóvenes de su edad cronológica y entonces
es posible que se obvie el reconocimiento de sus habilidades cognitivas.
Además puede haber sesgos a la hora de evaluar la capacidad real de
un menor para otorgar su consentimiento informado si éste presenta
deformidad física (como suele ser el caso de menores con enfermedad
crónica injerto-huésped, malformaciones congénitas o efectos secundarios
a la irradiación, y que pudieran ser considerados por el investigador elementos
para prejuzgar una putativa discapacidad cognitiva.
Los aspectos del desarrollo evolutivo y
los factores que los influencian deben tenerse siempre en cuenta a
la hora de determinar si un menor puede o no otorgar consentimiento
para su participación en investigación médica. La valoración debiera
incluir la posible regresión en caso de estrés. Resulta importante
señalar que las fluctuaciones y alteraciones de esos aspectos son potencialmente
mayores en la población crónicamente enferma. Aunque es posible que los menores comprendan algunas de las consecuencias de sus acciones,
la experiencia acumulada a lo largo de sus vidas limita necesariamente
su capacidad para considerar todas las opciones posibles. Este hecho
se refleja en un estudio realizado por Weithrn en el que niños de
9 años demuestran capacidad para tomar lo que podríamos llamar decisiones
razonadas en base a uno o dos hechos sobresalientes
pero quienes por lo general fallan en considerar otros múltiples
factores relevantes para el dilema que les es presentado, contrariamente
a lo que ocurre con el grupo de niños de 14 años que tienden a ser
más inclusivos en sus consideraciones 58. El centro de interés y las
consecuencias de sus actos están más en el presente, en particular
cuando se trata de niños muy jóvenes, y esto ciertamente influye en
la capacidad del menor para asimilar la información recibida y las
consecuencias de las opciones decididas.
Hay quien argumenta que el médico-investigador
que ha tenido relación previa con el paciente debiera proceder, al
tiempo que informa para obtener consentimiento, a aconsejar al paciente
o a su representante respecto del tratamiento recomendable a seguir
45,46. Por otro lado el hacer uso de un
defensor independiente pudiera ser de ayuda a la hora de tomar la decisión respecto a la
posible participación o no participación del sujeto en la investigación
que se pretende.
Es posible que muchos menores no puedan
otorgar pleno consentimiento debido a su estatus jurídico o a su estadio
de desarrollo. Uno ha de ser muy cauto para que a estos niños no se
les califique de racionales y competentes sólo en virtud de la opinión
vertida por los adultos, aunque esta provenga de sus
progenitores o por creencias sociales 63. Hay que involucrar
a los niños en el proceso de toma de decisiones siempre que su capacidad
lingüística ,cognitiva y su grado de desarrollo les permitan procesar
y comprender cada uno de los tres elementos esenciales del consentimiento
informado. Esto requiere de habilidad para comprender la información,
capacidad para asimilar esa información y capacidad para comprender
que se está en posición de actuar libremente en base a la información
recibida. La asimilación de la información consiste en ser capaz de
comprender las consecuencias a largo plazo de la decisión que el sujeto
adopte eventualmente. Obviamente el grado de implicación en la toma
de decisiones cambiará con el tiempo y con las circunstancias personales
del propio sujeto a la par que cambia su capacidad de racionalizar y de asimilar información y vislumbrar las
consecuencias según va madurando el sujeto.
4.- Conformidad/Disconformidad
por parte de Menores La
solicitud de conformidad implica que el paciente pediátrico no es
capaz de otorgar consentimiento informado pleno por lo que se requiere,
además, del consentimiento de un representante legal (normalmente el padre/madre)
y quien por regla general actuará en el mejor interés del niño 25. Este apartado versa sobre el menor
incapaz para consentir (Conformidad) o rechazar (Disconformidad) plenamente
la propuesta de participación. Con anterioridad a su participación
en investigación médica, además del consentimiento paterno, debe solicitarse
la conformidad del paciente pediátrico de forma y manera adecuada
y en un lenguaje adecuado a su nivel de desarrollo y con pleno respeto
a su persona y grado de autonomía. Ello ayudará a su vez a fomentar
el sentido de control del niño respecto de su propia vida 25. Resulta
imperativo prestar especial atención al respeto debido al menor con
enfermedad crónica. Las consecuencias normales de un estado crónico
son la falta de autoestima y el
sentimiento de aislamiento y de pérdida de control. El respeto es
un elemento esencial en la prestación sanitaria a
niños y menores pero también un aspecto básico para fomentar
su bienestar físico y mental 32. Estos asertos reflejan la dignidad
y los derechos fundamentales del menor recogidos en la Convención
de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas (1989) incluido aquél
que dice que debe asegurársele a todo niño el derecho
a expresar sus opiniones libremente y que esas opiniones deben
ser siempre tenidas en cuenta de acuerdo a su edad y grado de madurez
intelectual 59,60.
La experiencia de obtener consentimiento
de niños y menores para recibir tratamiento médico puede servirnos
para informar el proceso de obtención del consentimiento en el contexto
de la investigación médica. El Comité de Bioética de la AAP ( Academia
Americana de Pediatría) ha formulado recomendaciones aplicables a
la obtención de consentimiento de pacientes pediátricos previas a
la instauración de tratamiento médico 25.
Las recomendaciones dicen que el proceso debe: a) ayudar
al niño a tomar conciencia sobre la naturaleza de su enfermedad en
función de su grado de desarrollo evolutivo; b) familiarizar
al niño con lo que le cabe esperar en términos de pruebas y procedimientos
a los que será sometido, siempre en un lenguaje accesible y comprensible
para su edad cronológica; c) evaluar la comprensión del niño
sobre su enfermedad y sobre
el tratamiento recomendable, así como también valorar aquellos factores que inciden en la comprensión
por parte del menor; y d) solicitar la opinión del niño respecto de su posible
participación en el tratamiento propuesto. El Comité de la AAP continúa diciendo que: en aquellas situaciones en las que el niño recibirá tratamiento independientemente
de su posible objeción al mismo, es fundamental señalárselo así al
propio interesado y no engañarle, y termina con un corolario en el
que se indica que no debe solicitarse la opinión del paciente pediátrico
a no ser que se tenga la intención expresa de respetar esa opinión.
De ello se hace eco Doyal, que dice: " Los niveles de autonomía
que puedan conservar aquellos pacientes calificados de incapaces para
otorgar consentimiento deben ser respetados (por ejemplo, si se resisten
a participar en terapia médica no deben ser obligados a hacerlo)"
61. El consentimiento pleno para participar en investigación médica
deberá cubrir las tres esferas obligadas; debe incluir también, siempre
que el grado de desarrollo del sujeto lo permita, información sobre
el objeto de la investigación poniendo énfasis en aquello que pueda
favorecer al propio paciente y en cómo puede afectar su participación
o no participación a la propia investigación. La valoración del grado
de comprensión por parte del menor sobre
el protocolo de investigación, el objeto de la misma y las
posibles expectativas se efectuará teniendo en cuenta su grado de
desarrollo evolutivo e intelectual. Respondiendo a las
recomendaciones estipuladas por la AAP y relativas al consentimiento
a tratamiento médico, Bartholome señala que siempre deberá ser solicitada
la opinión del niño en el caso de que él o ella sea considerado lo
bastante adulto para participar con pleno conocimiento en la toma
de decisiones médicas y que si surge disconformidad por parte del
sujeto, ésta debe abordarse desde la discusión o el compromiso pero
nunca ignorar la disconformidad del menor 62. Cabe esperar que el proceder sin intervenir
sobre las objeciones del sujeto pediátrico mine gravemente su relación
con el investigador, quien con frecuencia es además el cuidador principal
y mejor preparado, o miembro del equipo de atención al cuidado de
un paciente que sufre una enfermedad potencialmente rara o mortal.
Esto es aplicable tanto al tratamiento médico como a la investigación
médica. Existe un efecto potencialmente negativo sobre la alianza
terapéutica entre el cuidador y el menor si a pesar de todo, se procede
a la inclusión del sujeto en la investigación sin tener en cuenta la disconformidad expresada
por el menor. Incumbe al investigador
incluir ese daño potencial a la hora de considerar y evaluar los riesgos
de un proyecto de investigación médica 63.
Lo establecido por
la AAP se centra en el contexto del tratamiento de niños y menores.
Se reconoce igualmente que se busca el permiso informado de muchos
niños con enfermedad crónica para que participen en protocolos de
investigación que tienen, por ejemplo, objetivos terapéuticos y de
investigación/experimentación propiamente dicha. Siempre que sea posible,
el consentimiento para el
tratamiento y el consentimiento para la investigación deben obtenerse
separadamente tanto en tiempo como en discusión y, aun reconociendo
que ambos suelen ser concurrentes, deben ser clarificados independientemente
en última instancia. El estándar para validar la disconformidad es
incluso más relevante cuando esta procede de
menores invitados a participar en una investigación que no
va a reportarles beneficio directo y que no resulta esencial para
su bienestar inmediato o deferido sin incurrir en riesgos importantes
28,63-65.
Existe desacuerdo
a muchos niveles en relación al grado de implicación que deben tener
los niños y menores en el proceso de obtención de consentimiento tanto
por parte de los médicos 66-72 - como demuestra un estudio sobre las
opiniones de padres y adolescentes respecto de la necesidad de contar
el permiso paterno para la participación de menores
en investigaciones médicas- como por parte de pacientes/padres 73.
En un estudio73 que incluía a cien adolescentes (media de edad 14.7
años)/ parejas de padres se les pidió contestar a la necesidad de
consentimiento paterno frente a distintos tipos y campos de investigación.
De forma consistente los padres indicaban mayor necesidad de implicarse
en el proceso de toma de decisiones (entrevistas cara a cara 62 vs.48%;
entrevistas telefónicas 72 vs. 46%;
pruebas de sangre y orina 77 vs.62%; temas relacionados con
la sexualidad 60 vs.34%) que los propios adolescentes. En este estudio
los padres con mayor nivel educativo creían con mayor frecuencia que
su hijo/a estaba capacitado para decidir por sí mismo/a 73. La observación
de que los padres perciben a sus hijos menos capaces para otorgar
su consentimiento independiente frente a la opinión expresada por
los propios hijos resulta de gran interés a la vista de la investigación
llevada a cabo por Weithorn y en la que se señala que los niños de
14 años exhiben una capacidad similar a la de
los adultos en cuanto a comprensión inferida, razonamiento, desenlace
razonable y decisión madurada
58. Esta diferencia entre las percepciones de los progenitores y las
de los menores respecto de la capacidad de estos últimos para
participar de forma independiente y autónoma en el proceso de toma
de decisiones debe ser tenida en cuenta a la hora de solicitar la
conformidad/disconformidad del menor o su familia.
La disconformidad
debe tratarse de igual modo que la conformidad desde el punto de vista
moral, admitiendo que estos conceptos evolucionan hacia la figura
del consentimiento informado o negativa en el adulto. Resulta claro
no obstante que, en la práctica, la cuestión de obtener conformidad
y disconformidad de niños y menores en el contexto de la investigación
médica o el tratamiento es harto difícil y requiere de una habilidad
considerable y de un gran esfuerzo por parte del investigador. Es
la evidencia molesta del hecho de que el proceso, en muchas circunstancias,
no se sigue en la forma adecuada.
Esto nos lleva a
aceptar que la disconformidad, desde el punto de vista operativo,
tiene un mayor peso en la toma de decisiones para participar en investigación
médica. Sin el abordaje apropiado y preciso para obtener la conformidad
del paciente pediátrico hay mayor riesgo de fracaso a la hora de tratar
de descubrir lo que el menor desea de su participación en la investigación.
Generaremos daños importantes si no somos capaces de reconocer la
disconformidad cuando esta existe en verdad y por tanto se puede poner
en peligro la seguridad del menor. Por otro lado la valoración/evaluación
de la investigación con fines terapéuticos y los posibles
beneficios directos para el menor puede
requerir mayor orientación por parte
del tutor de éste.
Las
dificultades antes señaladas para asegurarnos de la conformidad o
disconformidad del menor se entremezclan dado que la mayoría de los
pacientes pediátricos muestra conformidad a participar en una investigación
médica cuando sus progenitores ya han consentido dicha participación.
Existe, por tanto, una trampa en la que caen los investigadores al
creer que se ha obtenido la conformidad adecuada, o incluso el consentimiento
pleno. Clarificar el complejo contexto en que vive el menor y las
sutiles (o no tan sutiles) influencias que pueden ejercerse sobre
la conformidad o disconformidad por parte de éste es relevante a la
hora de evaluar los verdaderos deseos y motivaciones del sujeto pediátrico.
Como todos y cada uno de nosotros, niños o adultos, estamos inexorablemente
condicionados y configurados por nuestro entorno y contexto concretos
es posible que pensemos que la distinción entre lo sutil y no sutil
no sea tan relevante ya que, después de todo, estas diferencias
configuran lo que al final somos. Sin embargo el potencial cúmulo
de influencias claras por
parte de los progenitores o por otros elementos contextuales del entorno
sobre la toma de decisiones del menor necesitan ser examinadas con
más detalle. El verdadero reto para los investigadores es la aplicación
competente del proceso de solicitud de conformidad/disconformidad
y el reconocer y evaluar lo sutil y lo no sutil de las diferencias
contextuales.
5.-
Impacto de los aspectos del desarrollo sobre el concepto de enfermedad
La evaluación de la capacidad para otorgar
conformidad/disconformidad a la participación en investigación médica
requiere en cada paciente pediátrico comprensión del impacto que el
grado de desarrollo del menor tiene sobre la manera que
éste tiene de entenderse a sí mismo y a su enfermedad 74,75.
El desarrollo se evalúa en tres dominios, a saber: cognitivo, psico-social
y moral.
El
desarrollo cognitivo no es un continuum predecible en términos cronológicos,
como bien ha descrito Piaget en relación al desarrollo evolutivo normal.
Aunque ciertas etapas de ese desarrollo se suceden de forma ordenada,
la edad a la que estos logros se consiguen varía enormemente de niño
a niño. Se ha demostrado que los niños siguen un orden sistemático
en la comprensión del concepto de enfermedad y que es consistente
con su desarrollo cognitivo del razonamiento causa-efecto 76. Este
sistema se divide en siete categorías que se inician con el razonamiento
no comprehensivo que se observa en niños menores de 4 años. El resto
de categorías, describe Bibace,
se enumeran a continuación 34,76.
Explicación o razonamiento pre-lógico
Típico del niño entre 2-6 años, se caracteriza
por la incapacidad del menor para distanciarse de su entorno. La categoría
1 se denomina Fenomenismo
y define o sitúa la causa de enfermedad en relación a un fenómeno externo concreto
y que es remoto en el tiempo o en el espacio. Los niños de esta edad
son incapaces de explicar la conexión. La categoría 2 se denomina Contagio y aquí la causa de la enfermedad
está localizada en objetos o en personas próximos al niño pero que
no tienen contacto físico con él/ella. El menor cree con frecuencia
que la enfermedad aparece o puede ser evitada si se mantienen ciertas
normas rígidas.
Explicación
o razonamiento lógico-concreto
Este tipo de razonamiento se manifiesta
principalmente entre los 7-10 años de edad. Se produce entonces el
cambio en la diferenciación entre el yo
y lo que es externo al yo. La categoría 3 se denomina Contaminación y en ella el niño distingue ya entre la causa de la enfermedad y cómo
esta afecta al cuerpo. El origen de la enfermedad lo sitúa el niño
en el contacto con algo o alguien, o con una conducta concreta, que
le es perjudicial y dañina. La categoría 4 se denomina Internalización y en ella la causa de la enfermedad está ahora ligada al interior
del cuerpo, aunque de forma muy vaga que refleja confusión acerca
de los órganos internos y sus funciones.
Explicación
o razonamiento lógico-formal
Este último grupo de categorías del razonamiento
se manifiesta por lo general en niños con más de 11 años de edad,
que ya diferencian mejor entre el yo
y los otros. La categoría 5 se denomina Razonamiento
fisiológico y evidencia la comprensión de que hay órganos que
no funcionan o funcionan mal y que son los que eventualmente dan paso
a la enfermedad. La última categoría, la categoría 6 o Comprensión
psico-fisiológica de la enfermedad reconoce ya la contribución
del pensamiento y de los sentimientos a la sensación de enfermedad
y a sus efectos sobre el cuerpo, además de comprender la anomalía
puramente fisiológica.
Bibace y Wash siguieron explorando el
porcentaje de niños sanos (n=72) que manifestaban los distintos tipos
de razonamiento para explicar los conceptos de salud y enfermedad
en base a la edad y categorizaron
sus respuestas en función de las categorías antes descritas. Los resultados
demostraron que la mayoría (92%) de los niños de 4 años entraban en
la categoría 2 (contagio) o 3 (contaminación); que la mayoría de los
niños de 7 años (92%) en su estudio utilizaban la contaminación o
la internalización para explicar el concepto de enfermedad y
que aproximadamente 42% de los niños de 11 años habían alcanzado
las categorías lógico-formales del razonamiento en la comprensión del concepto
de enfermedad 76.
En estudios que comparaban niños sanos
con niños enfermos y hospitalizados, los más jóvenes mostraban tendencia
a tener una comprensión inmadura del concepto de enfermedad, lo cual
se refleja en la regresión observada en el comportamiento de este
grupo 77. No es infrecuente que estos niños crean que ellos mismos
pueden haberse causado la enfermedad con su mala conducta y que el
tratamiento médico sea pues el castigo a recibir 75,77. Por contra,
los niños de mayor edad y hospitalización crónica tendían a presentar
una comprensión acelerada del concepto. Ello se cree es debido a sus
experiencias reales durante la enfermedad y la hospitalización 34.
Se dice que los niños con enfermedad crónica y hospitalizados tienen
y utilizan recursos para enfrentarse a su estado similares a los que
suelen tener los niños con enfermedad aguda, pero desafortunadamente
los crónicos pediátricos perciben que ellos los utilizan de forma
mucho menos eficaz. El concepto de indefensión adquirida en el grupo crónicamente
enfermo podría explicar este hallazgo ya que estos niños pueden haber
aprendido a reconocer que sus recursos para enfrentar la enfermedad
son con frecuencia inadecuados para manejar las intrusiones creadas
por su enfermedad y su tratamiento 78. Estos hallazgos relativos a
un cambio en la comprensión del concepto de enfermedad y en la conducta
de los enfermos pediátricos deben ser siempre tenidos en cuenta a
la hora de solicitar la conformidad del niño a participar en una investigación
médica.
El desarrollo psico-social durante la
infancia implica el incremento en autoestima, autonomía personal y
con frecuencia "conducta problemática" reflejada en cierto
grado de conflicto con los padres. Este no sólo es un proceso normal
sino que, además, es necesario que alcance pico hacia la mitad de
la adolescencia. Pocas familias con niños crónicamente enfermos tienen
en el conflicto la manifestación de una psico-patología real, algo
a considerar en situaciones en las que la disconformidad pudiera estar
motivada precisamente a causa de una manifestación de conflicto y
no venir dictada por una decisión bien pensada. Esto no afecta únicamente
a las familias con hijos crónicamente enfermos pero debe tenerse en
cuenta en la evaluación global del menor cuya participación es requerida
como sujeto de investigación.
Enfermedad
Crónica - Definiciones
Al discutir temas relacionados con el
consentimiento de niños y menores, uno debe comprender que el niño
no es puede ser estudiado al margen de su entorno
vital en todas sus vertientes. La enfermedad crónica supone un impacto
importante sobre el menor y debe entenderse bajo una variable contextual
significativa cuando se le solicita conformidad para participar en
investigación médica. Podríamos definir la enfermedad crónica como
un estado físico y/o psiquiátrico que impide el funcionamiento normal
de un niño concreto durante más de tres meses del año 1. Dentro de
esta definición habrá diferentes grados de discapacidad que
afecten la calidad de vida del niño y, por tanto, cada niño
requerirá diferentes intervenciones para optimizar su funcionamiento.
Además, la significancia de la enfermedad puede diferir bastante en
función de la salud del niño con anterioridad a la aparición de la
enfermedad actual. Por ejemplo, vivir con espina bífida congénita
y sus complicaciones es muy distinto de tener que vivir con una leucemia
aguda adquirida. La enfermedad crónica puede tener también distinta
prognosis, variando entre enfermedades que generan discapacidad relativa,
como el asma, pero que permiten tener una esperanza de vida normal,
a aquellas enfermedades que presumiblemente van a acortar la vida
del sujeto, como es el caso de la fibrosis quística 2.
La enfermedad crónica rara vez representa
una condición estática inactiva.
Se caracteriza mas bien por un nivel funcional de fondo (que puede
ser "normal") sobre el que se superimponen exarcerbaciones
agudas intermitentes, con sintomatología cuyo tratamiento requiere
cuidados más intensivos. La atención médico-sanitaria específica es
sólo una de las necesidades de los sujetos con enfermedad crónica:
educación especial, transporte, equipos adaptativos y otros, servicios
socio-familiares y apoyo económico son también necesidades reales
que el sujeto puede requerir de forma regular para facilitar su funcionamiento
adaptativo3. Los profesionales de la salud que atienden a niños crónicamente
enfermos juegan por lo general un papel más importante que cuando
atienden a pacientes agudos. Hay un énfasis añadido sobre la coordinación
de servicios prestados por un equipo multidisciplinar
que atienda las necesidades de estos niños y
facilite apoyo a ellos y a sus familias durante las fases de
transición en la enfermedad 4,5. Además, las propuestas de investigación
pueden partir de los distintos campos de la atención prestada.
Resulta importante reconocer de qué forma
la enfermedad crónica difiere de la aguda y, por tanto, de qué forma
esta puede influir en el consentimiento dado por pacientes pediátricos
crónicos a la participación en investigación médica (ver Tabla 1).
Jennings y col. han descrito un número de factores que con frecuencia
distinguen aspectos de la atención crónica
respecto de la atención aguda 82.
En la enfermedad crónica se dan, entre otros, un menor énfasis
en la investigación diagnóstica, variabilidad de la sintomatología
clínica en el tiempo, deterioro, ausencia de atención médico-sanitaria
continuada, autoconfianza en las intervenciones terapéuticas tales
como la toma diaria de medicamentos y, por lo común, ausencia de curación
- o la curación aparece sólo tras la intervención médica sostenida
en el tiempo 82.
6.- Enfermedad Crónica
- Impacto e influencia sobre la Conformidad/ Disconformidad del paciente
pediátrico
La carga social de la cronicidad no es asunto
trivial. Se estima que entre 10-35% de todos los menores viven con
una enfermedad crónica, con un 10% de ellas consideradas graves. Tantos
como un 5% de entre ellos llegarán a padecer enfermedad crónica múltiple.
Por lo general la prevalencia de la enfermedad crónica no varía de
la infancia a la adolescencia 7 aunque sí cambiarán con claridad los potenciales afectados de esa multiplicidad. Muchos de esos menores
serán buscados para su inclusión en trabajos de investigación médica.
El impacto de la enfermedad crónica no sólo
afecta a la esfera social del sujeto sino que principalmente incidirá a nivel personal. Una enfermedad de
esta naturaleza tiene profundos efectos sobre su relación con los
profesionales de la salud. Comprender y respetar esos efectos resulta
esencial para obtener el consentimiento informado del sujeto o, en
el caso de menores, su conformidad. Muchos menores con enfermedad crónica lograrán
adaptarse a sus nuevas circunstancias y podrán llevar una vida normalizada. No obstante se han descrito
problemas emocionales y conductuales que afectan al 18-20% de menores
considerados "normales"
y se estima que su incidencia real es incluso más elevada entre
aquellos con enfermedad crónica 8-10. Igualmente, se han observado
un número de factores que
incrementan la aparición de maladaptación psico-social en la enfermedad
crónica; entre ellos cabe citar: las familias rotas, las familias
monoparentales y la pobreza 9,11-13. La evaluación del funcionamiento
psico-social del paciente pediátrico crónico es tarea harto difícil
incluso para sus propios progenitores o médicos 11. Por tanto, la
evaluación de la capacidad psicológica del menor para consentir o
rechazar su participación en investigación médica debe abordarse desde
una perspectiva múltiple (i.e. padres, personal médico-sanitario)
14.
Se han desarrollado modelos conceptuales
para describir cómo la enfermedad crónica puede manifestarse en el
funcionamiento ordinario del menor. Estos modelos incluyen: a)
atención a las relaciones bi-direccionales entre los factores de "riesgo",
tales como la gravedad de la enfermedad, y los factores de "resistencia" tales como estrategias para afrontar la enfermedad y recursos familiares; b) atención a la singularidad del modelo de enfrentar la enfermedad
y grado de adaptación al estrés
en respuesta a una enfermedad crónica específica, i.e. enfermedad
de células falciformes, y c) un modelo que adopta un abordaje
no-categórico al asumir que los problemas derivados de la enfermedad
crónica tienen una consecuencia común con impactos específicos 80.
Independientemente de cual sea el modelo utilizado para explorar la
enfermedad crónica que padece el menor, su comportamiento adaptativo
es una función compleja que depende de las características individuales
de cada niño, del tipo de enfermedad y de factores socio-ambientales
53. Debemos también reconocer que los problemas emocionales y/o conductuales
que pudieran estar asociados a la enfermedad crónica pueden asimismo
afectar la capacidad del menor para consentir o disentir. Examinar
y comprender a qué recursos tiene acceso cada niño concreto en el
espectro de estrategias para enfrentar la enfermedad resulta de lo
más esencial para valorar con precisión su capacidad para tomar decisiones
y para obtener su consentimiento a participar en investigación médica.
Se sabe que la enfermedad crónica se integra
en el concepto de ser/existir de la persona que la padece. Ello es
resultado de que la enfermedad es asimilada, incluidos sus síntomas,
tratamiento y significancia personal, y se ha integrado en el sentido
de identidad que el paciente tiene. Ejemplos de ello se pueden ver
en un trabajo de Ettinger, quien describe el efecto del diagnóstico
de cáncer en adolescentes 85. La carga psico-social descrita incluye
pérdida de control, de intimidad, pérdida de actividad normal y una
excesiva obsesión por la enfermedad 86. Los adolescentes con cáncer
pierden también la autoestima, muestran alteración de la auto-percepción
y se preocupan mucho sobre cómo reaccionarán sus pares, presentan
dificultades para retornar a situaciones sociales habituales como
ir a la escuela, participar en actividades organizadas y en otros
grupos sociales; muestran signos de aislamiento social forzado por
la hospitalización o por la limitación para realizar ciertas actividades
y se preocupan mucho por su apariencia física 87-89. En la esfera
de las relaciones familiares muchos adolescentes señalan igualmente
su preocupación por sus padres y con frecuencia dicen que deben ser
fuertes por ellos 85. Esta falta de separación de su situación personal
de la de sus progenitores puede influenciar la libertad de decisión
de un menor ante la posibilidad de participar o no participar en una
investigación médica.
La enfermedad crónica tiene un efecto
tremendo sobre el niño y su familia dado que la estructura familiar,
la seguridad económica, la educación y las relaciones interpersonales
van a verse afectadas y sometidas a grandes tensiones 6,10,15-19.
Cada vez con más frecuencia las familias precisan y demandan accesibilidad,
continuidad, coordinación y respuestas por parte del sistema de atención
sanitaria 2. Un número de estudios revisados por Faux indican que
se produce adaptación funcional variable entre los hermanos del menor
con enfermedad crónica. Algunos presentan un descenso en la autoestima,
otros se sienten aislados y otros puede que mantengan e incluso mejoren
su relación con el sujeto crónico 18.
También otros miembros del clan familiar
pueden verse afectados. Las respuestas maternas ante la enfermedad
crónica se ha estudiado con exhaustividad y se ha podido demostrar
que existen varias etapas por las que la mayoría de madres atraviesan
una vez se ha producido el diagnóstico de enfermedad grave de uno
de sus hijos y que van desde períodos de negación a incredulidad,
períodos de ira y sentimiento de auto-culpabilidad, de tristeza y,
finalmente, la aceptación de la enfermedad 15, 19. Es posible que
los padres presenten mayor dificultad para adaptarse a la cronicidad
de la enfermedad, especialmente si la función paterna es principalmente
la de cabeza de familia, cuyas obligaciones apenas le dejan tiempo
para participar de la enfermedad de su hijo/a. Conocer esas etapas
y dificultades puede favorecer la forma en que debamos obtener o interpretar
el consentimiento paterno y la conformidad del paciente.
La enfermedad crónica puede también afectar
negativamente al matrimonio/pareja y por tanto reducir la capacidad
de los progenitores para estar abiertos y prestar apoyo a su hijo/a
cuando a éste se le considera sujeto potencial para inclusión en un
trabajo de investigación médica 19-22.
Las relaciones parentales se ven sometidas con frecuencia a
grandes tensiones y conflictos originados por distintos estilos de
enfrentar la enfermedad. La enfermedad crónica resta a la pareja tiempo
para desarrollar y sostener su propia relación y también resta tiempo
para disfrutar y recuperar fuerzas a través del ocio; se tiende a
culpabilizar al otro, hay desigual reparto de la carga en los cuidados
del hijo/a enfermo y se generan sentimientos de aislamiento 19,20.
Aunque la tasa de divorcios no parece incrementarse entre las parejas
con hijos crónicos, sí se incrementan el malestar en la pareja, las
insatisfacciones personales, las diferencias y las discusiones 20.
Los distintos estilos de enfrentar la enfermedad en las distintas
etapas son dinámicos y por
tanto pueden variar con el tiempo en el seno de una familia concreta.
La aparición de esta variación entre familias y de familia a familia
en el curso de la enfermedad crónica es sugestiva de la importancia
que tiene evaluar con detalle las circunstancias familiares y las
personales de cada uno de los miembros que la componen a fin de identificar
la existencia de disfunción familiar significativa. No se pueden ignorar
los aspectos familiares contextuales a la enfermedad crónica de un
menor a la hora de evaluar la capacidad de éste para decidir sobre
su participación en una investigación médica, ni tampoco a la hora
de evaluar la capacidad de la propia familia para apoyar esa decisión.
Dependiendo de la situación, la cuestión de la participación puede
convertirse en algo oneroso para la familia o bien ofrecer la oportunidad
de sacar provecho a unas circunstancias difíciles.
La enfermedad crónica se insinúa también en la relación médico/paciente-pediátrico
y se debe poner mayor acento en la necesidad de implementar un modelo
de negociación en el cual todos los implicados tendrán que aprender
los unos de los otros para así asegurar la optimización del desarrollo
y el mantenimiento de la integridad del paciente pediátrico 82. Resulta
crucial que los que asisten profesionalmente al menor reconozcan que
el alivio del sufrimiento del sujeto conlleva el alivio tanto de la
enfermedad como del impacto psicológico de los potenciales cambios
que el menor experimente 83.
En el contexto de la enfermedad crónica
el modelo de compromiso médico-paciente, y que no es otro que el de
proteger y mantener el mejor interés del propio paciente, debe ampliarse
cuando el paciente es un menor. Dado que los intereses del niño son
condiciones de vida que el sujeto tiene por importantes y valiosos
y que, por ende, desea obtener, la cronicidad de su enfermedad puede
ser vista como un impedimento a ese fin. La principal obligación de
la medicina en los estados crónicos se traduce en un contrato entre
médico y niño/familia para ayudar al sujeto enfermo a conseguir sus
objetivos o intereses (claramente modificados por la enfermedad) aun
y a pesar de las limitaciones que ésta pueda imponerle y no evitar
el impacto de la enfermedad sobre el propio sujeto 82, al igual que
ocurre en el modelo de atención aguda.
La relación que se establece entre el niño
crónico y su cuidador debe ser igualmente estrecha y reflejar la atención
debida en múltiples esferas de la vida del menor durante un tiempo
prolongado. Esto coloca al cuidador/investigador ante un potencial
conflicto de intereses cuando considera la idea de incluir al niño
en un estudio de investigación médica porque entran en juego sus intereses
como investigador y su papel como cuidador que ha de velar por las
necesidades médicas y psico-sociales de su paciente.
La conformidad o disconformidad del menor
ante la investigación médica conlleva mayor carga de respeto dado
que los daños potenciales derivados de su participación deben ser
sopesados no únicamente en términos médicos sino que, además, hay
que sopesar los daños psicológicos a los que los niños con enfermedad
crónica presentan mayor riesgo cumulativo. Este riesgo alcanza mayor
magnitud en virtud del contacto continuado del niño con el sistema
sanitario y la evolución de su estado crónico, contrariamente a
lo que ocurre con los pacientes agudos cuyo contacto con el
sistema suele estar limitado en el tiempo. Resulta obvio que la cronicidad
saca al niño de su ritmo normal de desarrollo o, cuanto menos, genera
sobre el menor un tremendo estrés que va a influir sobre el modo en
que el sujeto pediátrico va a entender la solicitud de su participación
en una investigación médica (ver Tabla 2).
7.- Ensayos de fase
I/II y Conformidad
Los ensayos de fase I/II suponen preocupaciones
adicionales en términos éticos. Se discuten a continuación ya que
comúnmente se llevan a cabo en menores con enfermedad crónica para
la que no existe curación o terapéutica eficaz. El objeto de los ensayos
de fase I es definir la toxicidad
y la farmacocinética de un nuevo agente pero no el determinar
su eficacia. Por lo general se llevan a cabo en pacientes que ya no
responden a terapia convencional 90. Para reducir una
carga innecesaria, es práctica común en ensayos de fase I con
niños determinar las dosis máximas toleradas por el sujeto adulto
y luego ensayarlas en los menores a dosis iniciales más elevadas 90.
Ello evita la exposición a dosis más bajas y no eficaces en el niño-sujeto
de la investigación y propicia a su vez la aceleración del proceso
para introducir una nueva terapia en la práctica clínica.
Una preocupación importante cuando se trata
de obtener el consentimiento del menor para participar en este tipo
de estudios es que, incluso en pacientes adultos, la comprensión del
objeto y fines de los ensayos de fase I es por lo general inexacta
92-95 ya que está sesgada por la motivación del paciente que participa
como sujeto, motivación que se basa en el deseo de obtener un beneficio
directo -a veces claramente optimista- y no en el verdadero propósito
del estudio: la valoración de la toxicidad de un nuevo fármaco 96,97.
Muy pocos adultos señalan que su participación en ensayos de fase
I fuera motivada únicamente por actitudes altruistas. De igual modo
los médicos son culpables de reclutar pacientes para ensayos de fase
I infundiéndoles esperanzas de obtener un beneficio directo y no informándoles
del verdadero objeto del estudio 96.
No hay duda que los niños con enfermedad
crónica, niños terminales, cuya participación es requerida para ensayos
de fase I/II representan una población extremadamente vulnerable a
la explotación indebida por parte de los investigadores. Puede que
estos niños busquen desesperadamente una oportunidad de curación;
es posible que no estén lo bastante bien desde el punto de vista de
la clínica como para prestar atención a los pros y contras de su participación-
algo imprescindible para tomar una decisión compleja como es esta;
es posible que se sientan presionados -abierta y sutilmente- por amigos
y los miembros del clan familiar tanto a participar como a no participar
y también es posible que tengan una estrecha relación con su médico/investigador
y entonces consientan participar para ayudarlo o para ganarse su aprobación.
También en adultos se han observado hallazgos similares. Estos puntos
débiles o vulnerabilidad hacen que resulte esencial la forma de presentar
la propuesta de inclusión en la investigación 96,98.
Hay quien sostiene que el médico/investigador
tiene la obligación de asumir plena responsabilidad sobre los pacientes
pediátricos terminales cuya participación es requerida en ensayos
de fase I/II. Estas personas afirman igualmente que la consideración
del valor de los fármacos/intervenciones, los peligros y molestias
inherentes, los sentimientos y actitudes de la familia y del menor
deben ser incluidos en las recomendaciones permitiendo así que la
carga de la retrospectiva quede en manos del médico y no del niño
o su familia 99. Esta opinión paternalista reniega del respeto debido
al menor y a su familia y puede dificultar la comunicación, llegando
así a reconocer la condición terminal de la enfermedad 100.
En el estudio realizado por Nitscke
se le ofreció a 44 menores terminales (con edades 6-20) y a sus familias
la posibilidad de elegir entre atención de apoyo o fármacos de fase
II. La mayoría de los pacientes pudieron decidir por sí mismos qué
modalidad terapéutica deseaban seguir. La mayor parte de los progenitores
se mostraron de acuerdo en que su hijo/a fuese incluido en el proceso
de toma de decisiones. El estudio sirvió para demostrar que la tendencia
a elegir la modalidad de atención de soporte se debía al miedo que
los pacientes tenían ante la idea de separarse del entorno familiar
y el hogar. Además rechazaban los fármacos de fase II porque esta
modalidad terapéutica conllevaba exposición a terapia IV que podía
tener efectos secundarios 100. Se requiere un abordaje mucho más sensible
a la hora de solicitar el consentimiento de menores en estadio terminal.
Obviamente y como demuestra el estudio, los menores pueden y por lo
general desean contribuir al proceso de toma de decisiones respecto
de su posible participación en investigación médica cuando sus vidas
están próximas a finalizar o en un punto sin retorno.
8.- Conclusiones
La investigación médica en menores con
enfermedad crónica es algo moralmente necesario y valioso. Es necesaria
para permitir al equipo médico evaluar y tratar al paciente pediátrico,
que siempre ha sido rechazado como sujeto de investigación, de forma adecuada. Las expectativas éticas exigidas a los investigadores
y clínicos incluyen el respeto por el niño-sujeto y ese respeto obliga
a tenerle en cuenta como partícipe del proceso de toma de decisiones
relativas a su posible inclusión en una investigación médica. Deben
incorporarse estrategias en relación a cómo obtener la conformidad
o disconformidad de forma válida cuando se trate de menores con enfermedad
crónica (Tabla 3).
Para que la investigación sea válida
desde el punto de vista de la Ética, ésta debe conducirse de forma
que toda información significativa se pueda comprender y ampliar en
el futuro para así obtener el consentimiento o la disconformidad del
menor con plena certeza. Tanto la solicitud de participación como
el consentimiento tienen que configurarse de acuerdo a las competencias
que el menor exhibe tratando de anticipar información sobre los beneficios y los posibles daños derivados
de la investigación en un lenguaje acorde
a su nivel de desarrollo. Debe asimismo incidir en la naturaleza
voluntaria de la participación en el estudio. Los riegos inherentes
a la investigación se verán compensados por los beneficios que pueda
reportar al niño en particular.
Los beneficios pueden ser directos, como los vistos en ensayos de
fase III o pueden ser indirectos como los potencialmente derivados
de estudios de fase I/II y en los que la posibilidad de beneficio
directo se supone mínima, siendo el beneficio para el menor que se
somete al ensayo aquél de saber que esos ensayos pueden a más largo
plazo ayudar a otros enfermos.
La determinación del riesgo debe reconocer
que los menores con enfermedad crónica son más vulnerables a mayor
carga de estrés psicológico, social y físico que los menores con enfermedad
aguda y que dicha vulnerabilidad es fluida en su naturaleza. Se requiere, por tanto, especial atención a la evaluación continua
del contexto natural del niño según van evolucionando su enfermedad
y sus condiciones de vida.
La especial relación que el médico/investigador
mantiene con un niño crónico, y concretamente en lo que se
refiere a la obligación de atender al máximo el interés del menor
a su cargo, requiere ser tenida en cuenta en el proceso de obtener
la conformidad del niño a participar en la investigación. Muchas familias
y menores enfermos se sienten impotentes para cuidar de si mismos
según va avanzando la enfermedad y la dependencia de la asistencia
médica se intensifica. La influencia de
los aspectos psicológicos
durante esta fase hace que la capacidad para decidir libremente
y para rechazar la participación en la investigación sea mínima, o
cuanto menos, muy difícil. El médico-investigador debe, pues, ser
muy consciente de las influencias coercitivas que su
papel como experto clínico
en el manejo de enfermedades posiblemente raras/complejas y
su papel como investigador
que trata de reclutar pacientes para su investigación pueden
ejercer sobre el menor y su familia.
Los menores en fase terminal son incluso
más vulnerables a la explotación/abuso. Una fuerte relación médico-paciente
puede ejercer una importante influencia sobre el consentimiento libre
del niño-sujeto. Hay presiones
expresas y sutiles por parte de los progenitores y amigos del menor
enfermo que se aferran desesperadamente
a cualquier alternativa de curación, o puede suceder que por la gravedad de la propia enfermedad se obvie la atención a aspectos complejos lo
cual incidiría negativamente sobre el proceso ideal de obtención de
consentimiento para participar en investigación médica. Por otra parte,
los menores desean y pueden tomar parte en el proceso de toma de decisiones.
Debe dárseles a los menores moribundos la oportunidad de participar plenamente en el proceso de obtención del consentimiento
a la participación.
La
negativa o disconformidad del menor crónico debe ser igualmente respetada.
Como es muy difícil
valorar de forma exacta la disconformidad, debe
darse mayor peso a la interpretación consensuada de las expresiones
de disconformidad. La carga (o daños potenciales) para el menor caso
de intervenir en contra de su disconformidad debe ser evaluada con
ayuda de los progenitores o tutores del menor a fin de interpretar
correctamente el grado de madurez de la
disconformidad expresada. Se pueden ocasionar serios daños
a la relación médico-paciente si se procede a la investigación en
contra de las objeciones expresadas por el menor. En la evaluación
de los riesgos potenciales inherentes al proyecto de investigación,
incumbe al investigador considerar el impacto negativo de intervenir
contra los deseos del menor, impacto que afectará la alianza terapéutica
entre el clínico y el menor. Resulta esencial considerar todos esos
aspectos a la hora de solicitar el consentimiento o de respetar la
disconformidad expresada por menores crónicos sobre su participación
en una investigación médica.
|